Edición nº 16  –  Diciembre. 2015

A medida que mi tiempo en este mundo aumenta, la claridad acerca de mi posición sobre un ser creador del universo disminuye significativamente. Cada segundo que pasa hace más incierta mi opinión sobre la religión y todo lo que comprende ese campo tan confuso y a veces místico. Estar en un colegio que basa su enseñanza en lo que postula la religión católica, y que a la vez permite que sus alumnos piensen o crean libremente en lo que deseen, debería representar para mí una ventaja al establecer mis creencias. Sin embargo, lo que aparentemente es una ventaja, me ha dejado más y más perdido conforme avanza mi vida como estudiante del Colegio San Carlos. Cada día veo compañeros que demuestran su fe con orgullo, independientemente de cuál sea su credo. Portan rosarios, escapularios, manillas, estampillas y demás objetos religiosos. Por otro lado están los que no creen en deidades o simplemente no han tenido interés en formar parte de una religión. Esto me deja justo en el medio del termostato religioso, tibio, sin pertenecer a ninguno de los extremos. Dependiendo de la situación en la que me encuentre soy católico o ateo, eso me desagrada ya que siento que estoy siendo inmensamente hipócrita, esa es la razón que me pone a reflexionar acerca de este tema de la religión. Este año escolar ha sido duro, por eso he llegado a rezar para levantar las notas, pero a la vez cuestiono a Dios incluso con lo que aprendo en materias que voy perdiendo y que dan pie a mis plegarias. Después de leer a Bertrand Russel en filosofía veo que la existencia de un Dios es todavía más difícil de determinar de lo que yo esperaba. Además de todas las interrogantes sin responder en mi mente, se han abierto unas nuevas con una dificultad mucho mayor a las anteriores. Ahora resulta que todo este mundo sea una idea de Dios plantada en la mente de cada uno de nosotros (Russel, 1985). Muchos creen que es mejor creer en Dios para tener una garantía en la vida de que todo va a salir lo mejor posible, pero ¿acaso importa si hay alguien observando nuestros actos? ¿Por qué sería necesario decir que hay un ser que observa todo lo que hacemos y al que le debemos todo? No podemos probar la existencia de un Dios, por eso he encontrado la comodidad en estar tibio en esta cuestión. Por ahora me limito a respetar las creencias de los demás y a basarme en la moral y en la ética para definir mis actos. Todo esto mientras que resuelvo mis dudas y hasta que tenga una decisión clara sobre lo que quiero tomar como verdadero. Hasta entonces me temo que no perteneceré a ningún grupo de creencias y tendré unas propias.

Bibliografía:

  • Russel, B. (1985). The problems of philosophy. Oxford: Oxford university press

 


Juan David Henao 10ºC